Luna llena en Día de Muertos

Relato: Francisco Amador García-Cólotl.

Cuenta mi abuela que hace muchos años, cuando ella era niña, su mamá le enseñó a prepararse para el Día de Muertos con luna llena; allá, en el Istmo de Tehuantepec, dicha coincidencia resultaba peligrosa. Había que prepararse para no dormir en esa fecha porque mi bisabuela era portadora de Luz y mucha gente podría requerir sus servicios durante la noche. Personas como ella sabían de antemano que mujeres hermosas de poblados lejanos llegarían hasta Santo Domingo. Aquellas féminas que aparecían bajo la luz de la luna llena de muertos, eran jóvenes realmente bellas; de caderas anchas y redondas, de senos prominentes y erguidos, de cabello negro, larguísimo y trenzado.

Aunque la fiesta grande de los difuntos en el Istmo es en Semana Santa, también los primeros días de noviembre se va al panteón a visitar a los familiares que descansan en sus moradas. No es secreto que en esa parte del estado se beba mucho los fines de semana y que de noche deambulen hombres buscando mujeres, alcohol y música. La madre de mi abuela preparaba clavos, alfileres, tijeras, aceites y aguas para la ocasión.

Durante la plateada semioscuridad, algunas mujeres etéreas aparecían para flotar sobre las calles de tierra de la localidad; caminaban solas, hermosas, altivas, coquetas y sonrientes. No faltaba el joven que se embelesaba con alguna de las que rondaban callejones y calles solitarias bajo el reflejo de la luna. Decía mi bisabuela, aquella mujer sabia, que eran Bidxee o Bidxaa, que significa los que se transforman, quizá brujas o diablos que se convierten en aquellas muchachas tan guapas para robar la vitalidad de los hombres o, en el peor de los casos, hasta la vida. Aquella matrona de mirada tranquila se reía cuando contaba que se trataba de ancianas, muy viejas, que aprovechaban que la luz de la luna las proveía de tan hermoso disfraz para engatusar a los hombres de la comunidad.

Siendo apenas la medianoche, recibió las primeras llamadas a su puerta; un muchacho de tal barrio no aparecía; entonces mi abuela acompañaba a su madre a rondar las calles con algunas herramientas escondidas. Después de doblar alguna esquina, pedía a sus acompañantes que permanecieran escondidos por ahí y caminaba un tramo ella sola. Acechaba cautelosamente a cualquier mujer solitaria que encontrara en la calle, se acercaba por detrás y clavaba un clavo, tijeras o alfiler en la sombra de aquella desconocida. Ahí las dejaba, clavadas en plena noche y gimiendo por zafarse mientras los demás se persignaban y huían del lugar. Con la luz del sol, las bellas mujeres se convertían en ancianas decrépitas y sus largas trenzas no eran más que majahuas, o sea corteza de platanares. Luego la gente las cuereaba sin compasión mientras las insultaba y, sin sentir remordimiento ante su situación, les ordenaban que jamás volvieran al pueblo.

 

Sobre el autor: Originario de La Paz Baja California Sur, radicado en Bahías de Huatulco desde 1989. Lic. Enseñanza de Inglés, UABJO. Maestría en Educación, Universidad Santander. Especialidad en enseñanza y aprendizaje de inglés como segunda lengua, UPN Ajusco.
Autor de los libros: Relatos Biker (2014), Valeriano Vergara (2017) y Programa Alternativo de inglés para Educación Secundaria (2017). Publicaciones en revistas digitales: Revista Cascabel (La Paz BCS), Roncadora (La Paz BCS), y Sudcalifornios (La Paz BCS). Promueve el turismo en Oaxaca a través del sitio www.exploringoaxaca.com desde 2008