Oaxaca, una ciudad con sed… los manantiales de San Felipe y el río Jalatlaco desaparecieron.

  • Actualmente, el agua llega de Etla
En las primeras décadas, la Villa de Antequera de Guaxaca cubrió sus necesidades de agua de los manantiales de San Felipe del Agua y el río Jalatlaco. Sin embargo, la curtiduría, oficio que se practicaba en el barrio indígena, y el estiaje, hicieron necesario buscar otros centros de abastecimiento. El Padre Gay recuerda que “en los meses de marzo y abril, los vecinos de Oaxaca carecían totalmente de agua y bebían muy poca agua pura”.
 
Por esta razón, a finales del siglo 19, fue necesario traer agua de los manantiales de Huayápam; y a partir del siglo 20, del río San Agustín, que se ubica en el Valle de Etla. Las aguas de este río todavía dotan del líquido a la capital del estado.
 
En los primeros años de la Colonia, el agua había que acarrearla del afluente en cántaros o a través de mulas; aunque ya en el siglo 16 se construyeron los primeros conductos de mampostería y cajas de agua que se ubicaron cerca de los templos del Carmen Alto, Santo Domingo de Guzmán y La Sangre de Cristo.
 
LOS AFLUENTES DE LA CIUDAD DE OAXACA DE JUÁREZ
Río Jalatlaco
Manantiales de San Felipe del Agua
Manantiales de San Andrés Huayápam
Río San Agustín Etla
 
Las primeras obras
 
En su investigación titulada El abasto de agua potable en la ciudad de Oaxaca de Juárez a finales del siglo XIX y principios del XX, la historiadora Olivia Paloma Topete Pozas señala que a mediados del siglo 16, los frailes dominicos negociaron con el Cabildo de Antequera el otorgamiento de varios recursos económicos para construir un caño abierto de mampostería, con lo que se pretendió evitar las fugas y encauzar el agua proveniente de los manantiales de San Felipe, hasta la principal zona de la ciudad.
 
Recuerda que en la época colonial, las órdenes religiosas tuvieron control del agua, tanto para su distribución como para el financiamiento de obras hidráulicas para el abastecimiento de ciudades y villas -no sin grandes conflictos entre la iglesia y otros usuarios (pueblos de indios y asentamientos de españoles)-.
 
Es por ello que los dominicos fueron los constructores de varias obras de almacenamiento, captación y reparto de agua para la población. Ejemplos de esta infraestructura que todavía pueden verse en la ciudad y que servían para hacer el abasto a la mayor parte de la capital, son las cajas de agua ubicadas en el Carmen el Alto, cerca del templo de Santo Domingo, y la localizada en la esquina de La Sangre de Cristo.
 
Añade que a inicios del siglo 19, Eduard Mühlenpfordt, ingeniero alemán y director de Caminos del Estado de Oaxaca, observó que “a la ciudad de Oaxaca le llega agua potable por un acueducto de mampostería, soportado en algunos tramos por arcos, que la trae desde un manantial vigoroso de aguas muy limpias y cristalinas, que brota aproximadamente una legua al noreste de esta población, por el pueblo de San Felipe del Agua. Fuertes tubos de barro reparten el agua por todos los puntos de la ciudad, que en la plaza mayor, frente al palacio, brota en el surtidor de una linda fuente”.
 
La escasez
 
A pesar de que el agua procedente de las montañas de San Felipe eran limpias, cristalinas y abundantes, el crecimiento de la población y el aumento de la demanda del líquido por el riego de los huertos, provocó que en un momento el caudal no fuera suficiente para abastecer a la población.
 
Topete Pozas señala que en el último tercio del siglo 19, el líquido que llegaba a las cinco fuentes provenientes del acueducto de San Felipe del Agua, era insuficiente para atender a la población que en la capital del estado pasó de 26 mil 366 habitantes en 1877 a 38 mil 11 en 1910; es decir, un crecimiento de cerca de 50 por ciento durante este periodo.

 

EL CONFLICTO

En 1928, representantes de San Agustín Etla piden a la Secretaría de Agricultura y Fomento la confirmación de sus derechos a las aguas del río San Agustín.

Explica que por esta situación, el Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez tuvo que buscar nuevos aprovechamientos hídricos que surtieran a la capital del estado. Así, a finales del siglo 19, el suministro para la ciudad de Oaxaca tuvo como base un arreglo local entre dos ayuntamientos: el de Oaxaca de Juárez y el de Huayápam.

Subraya que en este tiempo, ya los gobiernos estatales y los municipales tenían a su cargo la administración de los recursos hídricos y la potestad para otorgar las concesiones y los derechos sobre las aguas dentro de su jurisdicción.

En el caso concreto de Oaxaca, el 25 de marzo de 1862 se expidió un decreto que señalaba que los municipios tenían el derecho de poseer en común las aguas que habían tenido y de arrendar los derrames. Posteriormente, en noviembre de 1873, el gobierno de Oaxaca emitió otro decreto sobre la servidumbre legal de aguas. En los inicios del siglo 19, el gobernador Emilio Pimentel decretó la Ley sobre el uso y aprovechamiento de las aguas del estado de Oaxaca, en 1905.

 

EL TELEGRAMA

El 12 de diciembre de 1928, mediante un telegrama, el síndico de San Agustín Etla, Miguel González, declaró que el presidente municipal de Oaxaca había enviado un destacamento de la fuerza armada para vigilar la construcción de la nueva caja distribuidora de las Aguas del río San Agustín, destinada a restar al pueblo del mismo nombre, dos terceras partes de los derrames del tanque La Soledad que siempre habían sido aprovechados totalmente por el pueblo de San Agustín.

 

Los nuevos afluentes

La historiadora dice que con anterioridad a la Ley de aguas de 1905 y dada la escasez en la ciudad, el entonces gobernador del estado, el general Francisco Meixueiro, buscó traer agua de los manantiales del municipio San Andrés Huayápam, ubicados a 5 kilómetros al este de la ciudad de Oaxaca. Para llevar a cabo esta obra, los municipios de Oaxaca de Juárez y el de Huayápam celebraron, en 1876, un contrato de arrendamiento para el uso de las aguas.

Según la documentación, Huayápam tenía deudas con el ayuntamiento de Oaxaca de Juárez y una forma de pagarlas fue poner en renta las aguas de su manantial. En el contrato para el uso del recurso, el ayuntamiento de Oaxaca de Juárez se comprometía a cubrir todos los gastos de las obras y a pagar a Huayápam una renta anual de 40 pesos, a cambio de la mitad de todas las aguas que recibía en su propiedad ese municipio.

Sin embargo, la permanente escasez, la falta de un sistema óptimo de distribución y el incremento de la demanda del vital líquido fueron algunos factores por los cuales el gobierno de la capital del estado se vio en la necesidad a buscar otros aprovechamientos hídricos para captar un volumen mayor para la ciudad.

Así, en 1910, el municipio de la ciudad de Oaxaca crea un contrato de compra-venta de las aguas de San Agustín Etla con el señor Rafael de Cajiga Toro, hacendando y dueño de los Molinos del Lazo, quien era propietario de una parte de las aguas de ese río y que en ese año las vendió en 50 mil pesos, con costo para el erario municipal de Oaxaca de Juárez.

Aguas que no dejan de ser motivo de conflicto entre los municipios de Oaxaca de Juárez y San Agustín Etla, y no sacian la sed de los habitantes de la capital del estado.

 

 

Fuente: nvinoticias.com de Luis Ignacio