Relatos orales. Rescatando la historia de Huatulco: Doña Pola

Doña Pola

Su nombre es Apolinaria Martínez Ramos, pero todos la conocen en el pueblo como Doña Pola. Su casa es bastante ubicable; basta reconocer el mercado municipal  y preguntar por ella. Una mujer de cabellos recogidos y con una larga bata de flores nos recibe al primer llamado en su puerta. Sin titubear me ha reconocido, en una visita anterior me aseguró que estaría lista para ese día (Y sí que lo estuvo) me disculpo por llegar tarde y accedo a pasar hasta un acogedor cuarto con vista a la calle, donde ha dispuesto dos sillas y un ventilador para pasar la tarde.

Cruzamos unas cuantas palabras de saludo y con un hablar firme que la caracteriza me dirige -Y bueno, ¿Qué me vas a preguntar? Tengo mucho qué contar de Huatulco pero ¿Qué quieres saber?– En ese momento entendí que no estábamos para hablar del clima y sin más preámbulo dejé que se permitiera viajar en sus recuerdos-.

Su mirar se dirige hacía el camino de terracería que teníamos por vista y entrecerrando los ojos se queda en silencio algunos minutos. No pretendo interrumpir sus memorias, así que me quedo quieta esperando.

-Nosotros crecimos en el Rancho, allá vivíamos todos. Mis padres eran oriundos de Huatulco, yo también nací en estas tierras, pero nuestra vida inició como la mayoría de los nativos, en los ranchos que ahora son las comunidades que conocemos como: Coyula, el Arenal, Pueblo Viejo, por mencionar algunas. Claro que tenían sus casas aquí (señala con el índice el lugar donde nos encontramos) pero nuestros padres vivían del campo y de los animales que criaban, así que nuestro día a día fue entre cosechas de maíz, verduras, ordeñar vacas y criar cerdos. Aún recuerdo a mi madre servirnos leche bronca por las mañanas y una gordita de manteca. La realidad es que no la pasábamos mal, la vida era buena. Podías caminar sin peligro, si tenían que ir a comprar (se refiere a los adultos) los únicos caminos eran Figueroa, Limón o Apango, y solo había un carro que salía en la mañana y regresaba por la tarde, era del Señor Celerino, le decían “El Chapo” (recuerda entre risas) de otro modo tenía que viajar en bestia. Para ir a Pochutla a las compras generalmente se iba de noche para pernoctar allá y amaneciendo empezar los mandados. También se podía ir a Pluma Hidalgo, si lo que se quería comprar eran animales; (venados, iguanas, chivos, cerdos) pero déjame decirte que si el río crecía se cerraba el paso, ¡Eran señores ríos! El agua estaba limpia, cristalina, el agua desbordaba en tiempos de lluvia y el caudal era impresionante… Ahora, ya no queda nada de eso. (Su voz se hace más tenue)

Yo crecí así, en una infancia realmente maravillosa. Cuando tuvimos que iniciar en la escuela mi padre nos envió aquí, a Huatulco, en el rancho no había escuela y aquí tampoco, pero ahí donde ahora es el mercado municipal, todo eso era una galera enorme y sólo había un Maestro, se llamaba Benjamín. Él nos enseñaba. Nos separaban por grupos, los más chicos y los más grandes. No existían salones. Lo que le enseñaban a unos los escuchábamos los demás y así íbamos aprendiendo unos de otros.

En ese entonces había dos horarios para clases, de 9 de la mañana a medio día y de 3 a 6 de la tarde. Yo vivía con la maestra Narcisa Almagabar que llegó a pedir posada a la casa que mi Padre tenía atrás del Palacio; ¡suerte que tuve! (exclama), de otra forma no nos hubiésemos venido a Huatulco a estudiar.

Cuando no estábamos en clases teníamos que apoyar en las labores del hogar; lavar ropa en el río, barrer, limpiar, acarrear agua, hasta ir por la leña. Así fueron mis días hasta que terminé de cursar el tercer grado y regresé al rancho.

Mi vida siguió transcurriendo entre el campo, cuidando de los animales, cosechando, y las labores propias de una casa, aprender a cocinar, a moler maíz en metate y después con el molino. Había que levantarse a las 4 de la mañana para tener las tortillas calientitas para que desayunaran los de casa más los doce mozos que tenía mi padre. Con el tiempo me casé y enviudé. Me quedé con dos hijos. En un rancho no hay mucho qué hacer, y estando sola con mis hijos tuve que tomar una decisión, así que una tarde ensillé un burro que tenía y monté sobre él las gallinas que había criado en el rancho y partí hacía acá, a Huatulco. Fueron unas dos horas y media de camino. No tenía más de treinta años cuando eso sucedió.

El pueblo era pequeño, no había muchas casas y las familias empezaban a crecer. Nuestro mercado era lo que ahora le dicen “el mercadito viejo” en ese espacio nos poníamos a vender. Éramos varias señoras: La mamá del ex presidente José Humberto Ramos, Belula Valenzuela, Amparo Valenzuela, Doña Tita… Cada una tenía su puesto, unas vendían tostaditas, aguas frescas y verduras. Nosotras nos poníamos de acuerdo y nos íbamos a comprar mercancía a Pochutla con los señores que bajaban de la Sierra o que venían de Miahuatlán. Con ellos aprendí el arte de vender.

Cuando era la fiesta de todos santos ¡Vieras que bien nos iba!  -la sonrisa en su rostro se hace notar- eran tiempos donde vendíamos mucho porque la gente hacía sus fiestas en grande y compraban en cantidad, así que nosotras nos preparábamos con suficiente mercancía. Una vez que terminábamos nuestro día nos juntábamos, llevábamos a nuestros hijos al río y ahí compartíamos nuestra comida. La pasábamos muy bien, no existía la malicia de hoy, se podía confiar en la gente.

En las casas se podía ver cómo se organizaban para montar la ofrenda, el arco lo hacían entre todos y nos esmerábamos en preparar la comida favorita de nuestro difunto, ya ves que nuestros padres decían que nos venían a visitar -me dice entre cerrando los ojos- a mí, por ejemplo, me tocó preparar mole para nuestra ofrenda y para compartir los “cariñitos”, dulces de calabaza, manzana, papaya, yuca, las tortillas calientitas; eso era muy común en el pueblo. Cada año era igual, era una fiesta muy esperada-.

Con sus cabellos blancos recogidos totalmente, un semblante sereno y una memoria ilustre, se dispone a cruzar la cocina por un vaso de agua de piña que ha preparado para esa tarde. Al regresar, hace una pequeña pausa y vuelve a fijar su mirar sobre el horizonte.

-Todo estaba bien <continúa> hasta que llegó Fonatur y le pidió al Presidente Municipal que nos desalojaran del mercado, que dábamos mal aspecto fue todo lo que nos dijeron. Fue de un día para otro, no nos reubicaron, tampoco nos dieron tiempo de buscar más espacios, la gente como pudo se fue acomodando afuera de las casas. Yo ya no alcancé lugar así que tuve que buscar otra forma de ganarme la vida e hice una galera de pollos para vender-.

-Los presidentes ya no piensan, no sé qué tienen en la cabeza- arremete frunciendo el ceño.

-Antes, iban a sus casas a pedirles que fueran presidentes, les rogaban para que sirvieran al pueblo, no existían los policías, los mismos lugareños se ofrecían para hacer servicio. No que ahora-.

-El Presidente que recuerdo hizo mucho por Huatulco fue el Doctor Jarquín. A él lo fueron a buscar a su casa un grupo de jóvenes y le insistieron mucho, hasta que se decidió. Él fue quien metió el agua potable, la luz, y se trazaron las primeras calles. Era un buen hombre, como era médico también atendía a los enfermos, a veces ni cobraba. Ahora creo que vive en Oaxaca, ya debe estar cansado -concluye– fue el mejor presidente que hemos tenido, no creo que haya otro como él.

La tarde se asoma, y los claros del día se ven más tenues. Me platica que espera una visita y que desea descansar un poco antes de que lleguen, así que decido que es hora de marcharnos. Su plática es tan amena, su voz es firme y mirar sostenido. No titubea al hablar, mucho menos al decir lo que piensa, así que la llevo a concluir nuestra charla.

-¿Sabes?- <me dice> ¡Ay! (y deja escapar un suspiro largo) Huatulco antes era bonito, había mucha paz, mucha tranquilidad, no como ahora que hay tanto desorden. Era otra vida-.

Desearía tanto que volviéramos a eso tiempos, donde podías confiar del vecino, si alguien necesitaba una yunta para su el campo, no esperabas a que te lo pidiera, tu ibas y la ofrecías. Lo hacíamos de corazón y sin malicia. Los jóvenes podían salir a divertirse a los bailes que se ofrecían en el mercado, eran fiestas de mucha diversión y alegría; no nos preocupábamos por la noche, porque se podía caminar sin miedo. Hoy miro alrededor y solo tengo recuerdos de lo que algún día fue un pueblo en paz y armonía.

Creo que los responsables de todo esto somos los padres, y sí, así lo es <Lo dice con voz firme> no pensamos en las generaciones que vienen después, en nuestros hijos y en la tierra que vamos a dejarles. Tomamos decisiones a la ligera, cegados por el momento, y la indiferencia. Ojalá recapacitemos, ojalá– Termina por levantarse de su silla y me dirige a su jardín. Me señala efusivamente sus flores favoritas, y una que otra planta que adornan el umbral de su casa.

Me despido con alegría, pues traigo consigo un extracto de memoria inédita. Me abraza con cariño maternal y al agitar de sus manos temerosas me repite: -¡Vuelve a visitarme, te llevaré con una amiga que también tiene mucho qué contar! ¡Ah, y no pongas lo de los presidentes!- Su risa sube de tono y sus ojos brillan de ironía. Al volver las espaldas la pierdo de vista, seguramente fue a tomar su siesta, me digo.

Texto: Erika Greco