Relatos orales. Rescatando la historia de Huatulco: Juvenal Alderete

Transcurría el año de 1950 y el conflicto por las tierras de Coyula había llegado a su punto más álgido. Pedro Díaz (Pochutleco) encabezaba un grupo armado para apoderarse de lo que ellos reclamaban “por derecho”. A la par, Aurelio Salinas haciéndose acompañar por gente de Huatulco; el Arenal y otras comunidades aliadas se enfrentaban a balazos de cerro a cerro. El tema era: “La adjudicación de las tierras de Coyula para Pochutla o Huatulco”. Una decisión que el diálogo no había solucionado y entonces serían los balazos quienes tendrían la última palabra. De esta forma, se escribía un capítulo importante y el joven Juvenal Alderete arañando apenas la mayoría de edad, iniciaba con este suceso su largo camino por la historia de Huatulco.

No pasa de medio día y Don Juvenal Alderete cobijado por la enorme sombra que provee su árbol a medio patio; se reclina ligeramente sobre su espalda y con una voz bastante suave que me lleva a inclinarme sobre mis oídos para entenderle, me refiere –Yo fui líder, luché por mi pueblo, luché por estas tierras- esas fueron sus primeras palabras para conmigo.

-Yo estaba en Huatulco, era un chamaco en ese entonces. La noticia corrió rápidamente y se supo que habían matado a Aurelio Salinas. -Él se entregó <Mueve la cabeza de lado a lado y con una expresión en el rostro de descontento continúa> –Las cosas estaban muy difíciles, Pedro Díaz tenía a su gente en el cerro que le llamaban “De los Pochutlecos”; los de Huatulco estaban divididos en dos campamentos; cada uno con su rifle en la espalda y carrillera sobre el pecho, se turnaban para vigilar los movimientos del contrario y en medio de una lucha declarada por ambos pueblos, una madrugada entraron al campamento de los Huatulqueños y sin más ni más dieron muerte a Aurelio que salió a recibirlos. Envalentonado por el carácter que le adjudican y hasta con cierta imprudencia, murió aquel día. La tristeza invadió rápidamente al pueblo de Huatulco, la lucha se había perdido y vidas también. Por su parte la gente de Pochutla festejaban con bailes la muerte de Aurelio y el gane de las tierras de Coyula-.

-La conquista de las tierras no les iba a durar mucho, la gente de Huatulco no estaba satisfecha en cómo habían ocurrido las cosas. Una noche un grupo de Huatulqueños entró a Pochutla y se escondieron en casa de unos aliados Pochutlecos. Desde el segundo piso vigilaban los movimientos de Pedro Díaz. No faltó quién le advirtiera que en esa casa había gente que lo vigilaba, pero él ya caminaba demasiado confiado por las calles, tanto que se negaba a creer que hubiese alguien ahí-.

-Un 24 de diciembre mientras Pedro Díaz bebía con algunos amigos en una cantina de Pochutla, le llegaron los Huatulqueños y le dieron muerte. De esta forma se terminó el pleito por las tierras de Coyula. Esta parte de la historia, <relata Don Juvenal>  fue muy difícil. Nuestros antepasados que lucharon por estas tierras sufrieron mucho, pasaron hambre, frío, y se perdieron vidas. Después de esto, llegó la paz-.

-Yo intervine en esa paz- me indica con voz más firme. Llamé a la gente de Benito Juárez, San Miguel del Puerto y Pochutla. Propuse el dialogo, teníamos que llegar a un acuerdo hablándolo. No podíamos continuar con pleitos y balazos, ya muchas vidas se habían perdido y la sangre derramada ya era suficiente- Eso fue lo que les dije-, y lo entendieron porque a partir de ahí no tuvimos más pleitos. Todo se tornó en tranquilidad.

-La vida en Huatulco siguió transcurriendo, y la gente del pueblo me comenzó a ver como un líder, porque inicié un pacto de paz entre las comunidades <argumenta con orgullo>. Con el tiempo me nombraron comisariado de bienes comunales y después presidente municipal- Sin dejar pasar mucho vuelve a insistir- Fui líder, y vi siempre por el bien de mi pueblo. Lo que hice fue luchar por estas tierras.- Termina por reafirmar.

Con un aire más jovial continúa narrando lo que para él le trae mejores recuerdos: Su época de juventud en el pueblo.

En el mercadito viejo se hacían los bailes. Las noches se alegraban con la orquesta que tocaba, las jóvenes nos reuníamos ahí para conocer a las muchachas. Ellas se hacían acompañar de sus mamás, así era en ese entonces (reafirma) para invitarlas a bailar tenías que pedirle permiso primero a la mamá. Yo me las tenía que ingeniar, (suelta una risa coqueta mientras agita sus manos al aire) tenía hasta tres novias y a veces se me juntaban en el mismo baile y para que no se dieran cuenta iba a sacar a bailar de una en una. Era difícil, porque como te digo, iban las mamás con ellas. Un amigo mío decía- ¡¿Qué chingaos tienen qué hacer aquí la viejas?!-  (Suelta una risa sonora y vuelve agitar las manos al aire) Eso nos complicaba el cortejo, pero ni eso fue impedimento para que pudiera tener más de una muchacha bailando conmigo.

¿Sabes de donde lo aprendí?- Lo dice con aire de orgullo- de mi padre. Él fue el primer catrín en Huatulco,  Juan Manuel Alderete. Llegó de Oaxaca a estas tierras, era el único que estudió. Se dedicó a la compra de café, siempre vestía de blanco: camisa, pantalón y hasta los zapatos los usaba blancos. Enviaba café a diferentes lugares desde Puerto Ángel. Siempre estaba bien vestido y sabía hablar. Lo consultaban para asuntos de interés en el pueblo, pedían su opinión cuando se tenían que tomar decisiones importantes. Llegó a tener tres casas, es decir, una mujer por cada casa. Por eso creo que yo soy así (se ríe con aire fanfarrón).

Los bailes eran la distracción del pueblo, y uno de los más representativos que recuerdo, era el de la fiesta del 16 de septiembre. Con el permiso previo de la mamá, se elegía a una reina y los organizadores –que se sorteaban cada año entre el pueblo- disponían de dos bailes; uno se llevaba a cabo en el mercadito viejo, ese era para todos, pero había un segundo baile que generalmente era al siguiente día, solo para la gente más importante; autoridades y líderes de la comunidad. Durante los festejos podíamos disfrutar de las montadas de toros, peleas de gallos, música y mucha comida. Lo que más se comía por aquellos tiempos eran: la iguana, camarón, langostino, tincuiche, chacales, truchas y venado.

Así transcurría la vida de juventud, cuando por fin decidías casarte con alguna muchacha tenías que ir a pedirla a su casa, te acompañaban los padres con una ofrenda que se le entregaba a los papás de la novia, consistía básicamente en llevar pan y chocolate, ya si querías verte dadivoso podías agregarle algún animal o más comida.

Pero eso sí, aunque te dieran el permiso de seguir cortejando a la muchacha, la mamá siempre estaba presente cuando la visitabas en su casa para platicar, y si se iba te decía –“Desde aquí los estoy viendo”- Ahora, ve, -me dice- cada quien agarra por su lado, a veces le dice a la mamá que van hacer un mandado y terminan por otro lado. Ya cada quien hace lo que quiere.

Así me llegó la edad de casarme y de formar mi familia, pero lo alegre no se me quita- insiste sonriendo- todavía me voy a ver a mi amiga Caya, tenemos la misma edad y nacimos el mismo día, el 05 de marzo, por eso nos queremos mucho, y cada que puedo la visito y nos sentamos a platicar. Cuando es nuestro cumpleaños, paso a saludarla y de ahí me reúno con algunos amigos y nos tomamos algunos mezcales. Te digo, a mí me gusta la fiesta. –Parece que nos quiere dejar claro que él aún sabe divertirse-

Aquí donde estábamos platicando ahora, es mi casa y esta tierra se las estoy dejando a mis hijos. Yo tengo otras hectáreas por allá (y señala hacía el aeropuerto), pero esas las pienso vender para disfrutarlas en vida. Aquí pienso quedarme, tengo por vista el “Mercado Morelos” que fue una gestión que hice con el presidente Lorenzo Lavariega. Eso me hace sentir orgulloso de lo que he hecho por mi pueblo.

Son más de las dos de la tarde y el calor hace mella. Hemos tocado diferente puntos de la historia de Huatulco y eso me hace sentir satisfecha, Don juvenal por su parte se muestra alegre después de dedicarle un par de horas a escucharlo. La sombra al pie de su enorme árbol nos permite estar un rato más para finalizar una charla bastante productiva.

Con una camisa a cuadros sujetada hasta el cuello y con los puños cerrados, se levanta firme de su silla y me despide por esa tarde. Quiere seguir platicando, pero una entrevista más me espera y no pretendo agobiarlo más al menos por ese día. Le prometo volver con su relato publicado y eso lo emociona un poco más y termina por decirme:-Gracias por dedicarnos tiempo y escribir nuestra historia. (Hace referencia a él y a los de su generación que están formando parte de este compilado).

No me queda más que agradecerle por el tiempo y por supuesto, por el agua de guanábana que me refrescó del ardiente calor que se colaba por el aire. Si, aquí también me invitaron agua de temporada.

 

Texto: Erika Greco