Relatos orales. Rescatando la historia de Huatulco: Doña Caya.

Los turcos y las tierras del arenal.

Son casi las 4 de la tarde, he caminado bajo el reluciente sol de un verano que se niega a irse de la costa oaxaqueña. He pasado la avenida principal del pueblo y tras unos mercantes que tajantemente me negaron <<razón>> di con la casa de Doña Caya. No pretendo hacerlos quedar mal, al contrario, me sorprende encontrar gente tan leal. Seguramente mi aire de desorientada y un poco mi hablar tan tropezado por la fatiga, los hizo suponer que no era de por ahí y con toda razón, no conocían mis intenciones.

Intentando apaciguar un poco el calor que recogí en mi andar, me hundo en la silla que me han acercado. Un suave aire se cuela por el pórtico y me viene tan bien, que reclino el cuello para sentirlo más cerca. Frente a mí, serena y seria se sienta Doña Caya. Después de una breve explicación sobre mi trabajo, se deja avivar los recuerdos y determina que la historia que le pertenece comienza en los años veinte…

-Aún no nacía, pero recuerdo las fechas con exactitud, porque mis hermanos nacieron en 1922 y 1923, así que los turcos arribaron a los bajos del arenal en 1920, entraron por Benito Juárez, cargados de maquinarias y animales. Las tierras donde se asentarían estaban de este lado del río; Chona Manzano (Concepción Manzano) se las había vendido y ese fue el inicio de un pleito que llamo “Los turcos y bajos del arenal”.

Sus nombres eran: Jorge y Félix Atala. (Ambos hermanos) o mejor conocidos como “Los Atala”. Con todo el poder que les confería su compra de tierras, se asentaron en bajos del arenal; lo que no estaba en su dominio era desplazar a las familias que, mucho antes que ellos,  ya vivían en el rancho. Narra la historia y mi madre  que desde su llegada mal vieron a los lugareños, les exigían entregar terrenos y cosechas, al punto que se vieron obligados a pagarles tributo.

Una tarde mientras mi Padre llenaba una talega de maíz para entregarle a los turcos, llegó mi tío Camilo Mendoza y le preguntó:

–Hijo, ¿qué haces?

-Aquí haciendo el maíz para entregarle a esos hijos de su chingada madre.

-Ay hijo…  de eso vengo a platicarte; que ya el tractor llegó a mi terreno y ya me dijeron que me salga, que ya no lo voy a trabajar yo, que lo van a trabajar ellos.

Ahí fue donde se encendió la cosa.

-¿Cómo le hiciéramos, hijo, para que no nos quiten nuestras tierras?

Mi padre le sugirió que fueran a ver a las autoridades, y así lo hicieron. Pasados los días los visitaron y les expusieron el problema. Las autoridades respondieron secamente que no podían hacer nada porque esas tierras estaban vendidas y ellos no tenían posesión sobre ellas.

-Ah, bueno- les contestó mi padre- venimos a ver si podían hacer algo o no,  y si no van hacer nada, entonces veremos qué podemos hacer nosotros.

Cansados del trato que recibían de los turcos y de la amenaza que representaban para sus tierras, mi padre Ambrosio Ramírez, juntó a la gente del rancho y los lideró en pro de la justicia.

Planearon por algunos días el asedio, el fin era acabar con ellos. Una noche mientras los turcos jugaban baraja con la señorita María Manzano (una de las que vendió las tierras) en su casa, llegaron tres lugareños dispuestos a tundirlos a balazos, pero la que murió esa noche, fue María.

Después de ese día, los turcos se andaban con más cuidado. Pidieron al gobierno un destacamento de soldados que llegó para protegerlos. Una tarde los soldados bajaron al río a camaronear y dejaron al centinela cuidando de los uniformes, alguien más rápido que listo le informó a mi papá que el destacamento estaba camaroneando. Mi padre juntó a los lugareños llegaron donde estaba el centinela y le quitaron la ropa y las armas, en otras palabras, los dejaron desnudos. Sin perder tiempo y casi dando la espalda les gritaron – ¡Y vayan y quéjense con el gobierno!-

Sin armas y desnudos poco les quedó por hacer a los soldados. Para los lugareños eso fue una advertencia, pues el conflicto continuó.

Resguardados por los soldados, los turcos fueron a Pochutla, a pedir apoyo al gobierno. Mi padre, un señor al que le decían “Pole güero” y Guillermo “El mapache” sembraron una emboscada entre Coyula y el arenal, muy cerca de la salina. Sigilosamente esperaron a que los turcos regresaran por ahí, dando muerte a Félix Atala, su hermano Jorge se fue herido y los soldados corrieron sin rumbo, abandonando sus armas, que después tomó mi padre, aumentando así su posesión.

Con un turco caído y otro herido, la gente del bajo celebró la salida de los turcos de sus tierras y mi padre pronto comenzó a ser perseguido por la federación; primero por liderar al pueblo, y principalmente por poseer armas exclusivas del ejército. Se escondió en la montañas, después en las playas y por último se fue por Huamelula, allá tenía unos familiares que le dieron posada. Pasado un tiempo le dijo a mi madre – ¡Vamos a regresarnos!, si he de quedar como abono, pues que sea en mi tierra-

Al tiempo de volver lo nombraron jefe. Dentro de la gente que seguía a mi padre se había detectado a un par que se dedicaba a robar. El pueblo no lo consintió y puso la queja con él. Inmediatamente ordenó que los apresaran, pero los lugareños antes de entregarlos, los llevaron directamente al panteón a matar, cuando se dio por enterado del suceso, solo asintió, pues ya les había advertido que dejaran de hacerlo, pero ahí no acabó la cosa con los rateros. Al tiempo, el señor Mauro, jefe de la Merced del Potrero, llamó a mi padre para que se presentara con su gente en Huatulco, no llevó a muchos, pero entre los que iban con él, estaban los que ahora se dedicaban a robar, y ahí mismo, en cuanto llegaron, arrestaron a los ladrones y los fusilaron camino a la finca “La Alemania”; se llamaban Luís Escobar y Guillermo Hernández, era la forma de decirles a los próximos cómo acabarían si se dedicaban a hurtar.

Don Mauro, un día de buenas a primeras le pidió a mi padre que fuera a verlos a la Merced, esta vez se encaminó solo. En cuanto llegó, sin perder tiempo lo apresó y ya asegurado se sinceró con él –Te llamé porque te voy a matar, esa es la orden que tengo de la federación. Tu sepultura ya está hecha, los soldados ya saben lo que tienen que hacer, en cuanto lleguen al panteón te van a soltar, así que de una vez te digo, tu sabes si corres o ahí mismo te matan. Ambrosio, si llegas a salir con vida, vete, escóndete donde nadie sepa de ti, porque si el gobierno se entera que estás vivo, el muerto seré yo-

Una vez llegado al panteón los soldados lo soltaron y él echó a correr, apenas y el sombrero le tumbaron de un balazo.

Otra vez, tuvo que esconderse, se fue del rancho, sin avisar a nadie. Mi abuela, Reynalda Olea, al no saber nada de él, lo dio por muerto. Una noche mientras preparaba tamales para el novenario, se percató que no le alcanzarían las hojas de plátano; mandó a mi hermanito, Camilo Ramírez, por más. En medio de la oscuridad mi hermano se adentró en el potrero, a tentadillas arrancó algunas hojas, pero una presencia extraña lo alertó. Era mi padre que se escondía entre el monte. Mi hermano saltó de alegría y mi padre un poco se asustó, – ¡Papá, estás vivo! – le gritó mi hermano, mi abuela está haciendo rosario por ti, cree que estás muerto-.

-Anda, ve y dile que ya no haga más rosario. Dile que estoy vivo-

Mi hermanito llegó de prisa con mi abuela a contarle que mi padre estaba en el potrero escondido. Mi abuela dejó por un lado los tamales que hacía, se fajó su pistola y en el mismo burro salió corriendo a verle. Lo trajo de vuelta a la casa. Al fin y al cabo que mi padre dijo: -Pues si me van a matar que sea de una vez-.

Estuvo mi padre viviendo en el rancho, ya sin esconderse. El gobierno cesó de perseguirlo y volvieron a nombrarlo jefe de Huatulco. Considerándolo en las decisiones del pueblo.

Cerca de los años treinta sucedió que el presidente de Huatulco Casildo Mendoza alertó al pueblo de un robo en el municipio. A mi padre, le dijeron:

 -Ambrosio, gente de Magdalena nos vino a robar-

-A mí no me dan atole con el dedo- les respondió él con seriedad

-Pero para que quede de lección, voy a colgar al presidente a media plaza, a ver si al que viene le quedan ganas de hacer lo mismo-

Rápidamente se esparció por el pueblo las palabras que mi padre había pronunciado. El presidente municipal pidió apoyo a chico Ramos, que en ese entonces era jefe de Chacalapa.

-Más vale que lo maten, o él acabará con ustedes- Fue el consejo de chico Ramos.

Sabían de antemano que a mi padre le gustaba la bebida y por ahí le llegaron. Sin que lo sospechara le enviaban botellas de mezcal para que se emborrachara. Un 31 de diciembre de 1931, hicieron año nuevo con él. Estaba cantando versos en una tiendita de Huatulco con otro borrachito, celebraban alegremente entre copa y copa cuando fue muerto por la espalda. Murió a traición. Así termina la vida de Ambrosio Ramírez, un hombre que fue querido por su gente y respetado por su pueblo, sinónimo de lucha…

(Continuará)

Texto: Erika Greco