Un privilegio llamado cuarentena

O sea: mientras presumes en tus redes que estás en el mood home office, allá afuera siguen trabajando casi 10 mil adultos mayores que empacan en el supermercado, el mismo supermercado que tú puedes pedir por internet y que te lleva hasta tu casa gente cuya necesidad está antes que el gel antibacterial.

Arturo, por ejemplo, el treintañero que ha ido a entregarte lo que ordenaste por Rappi, te dice con su acento chilango: Hay que aprovechar ahorita que la gente ya se asustó. Arturo no usa mascarilla ni se lava las manos porque, según él: Todo esto es político. ¿Y no tienes miedo? Fíjese que me dio más miedo con la influenza. Al día, Arturo gana por lo menos 300 pesos, ingreso con el que mantiene a dos hijos y a una esposa que está embarazada. Arturo también es uno de los 31 millones de hipertensos en México, uno de los grupos que están en riesgo. ¿Y en algún momento vas a dejar de trabajar, Arturo? Fíjese que en Rappi nos dijeron que es nuestra decisión y yo decidí que voy a seguirle hasta donde tope.

Mientras tu seguro médico te envía un mail para avisarte que te cubrirán cualquier eventualidad por el coronavirus, allá afuera, en los hospitales públicos, hay 1.5 camas por cada mil habitantes, que es más o menos lo que tienen países como Ecuador, Siria, Haití o Camerún. Mientras zapeas el catálogo de Netflix o mientras te reúnes con tus amigos en un chat colectivo, allá afuera siguen trabajando el bato que vende películas pirata, la señora a la que sueles comprarle las quesadillas de flor de calabaza, el señor con enanismo que vende billetes de lotería y sigue también el viejo que te ha cosido los zapatos, y los cuatro son del club de los 12 millones de diabéticos que también están en riesgo.

Mientras repartes tu día entre un taller de lectura, ejercicios de yoga y clases de cocina, todo on line, allá afuera está Manuel, el enviado de DHL, que te ha llevado a casa los libros, el tapete o los alimentos para sigas repartiendo tu día. Manuel te dice que en DHL les avisaron que seguirán trabajando “normal”, que él podría pedir permiso para ausentarse, pero les dijeron que sería sin goce de sueldo, que no tiene otro empleo, que ya está viendo que se va a poner fea la cosa, que si por él fuera traería gel antibacterial pero no hay en ningún lugar y donde hay venden a 100 pesos el litro. ¿Miedo?, le preguntas. Sí, pero si uno anda con miedo se contagia más rápido, te contesta.

Mientras tú puedes adelantarle pagos a la señora que trabaja haciendo el aseo en casa y puedes sugerirle que se guarde con su familia, ni ella ni 2.5 millones de trabajadoras del hogar aguantan parar tanto tiempo. Yuli, por ejemplo, limpia seis casas a la semana y gana casi 4 mil pesos para mantener a tres hijos; ya le dijeron que ahora que venga la cuarentena total no le van a poder a pagar.

Bien dijo la escritora Bárbara Hoyo que “poder quedarnos en casa es un privilegio de clase, y si tenemos ese privilegio, entonces es una responsabilidad”. Y esa responsabilidad abarca, por ahora, cuarentena obligatoria, no acaparar los bienes de primera necesidad y, si eres empresario, dejar que tus empleados se vayan a casa, sin despedirlos, sin descontarles un centavo. (MILENIO)