Relatos orales. Rescatando la historia de Huatulco: Tía Fidencita, “La rezadora del pueblo”.

Al fulgor de la media mañana de ese viernes, unos pasos cautelosos se dejan escuchar detrás de la puerta. He llamado solo una vez, su voz casi apagada respondió, su arrastrar del bastón por el cemento del piso me deja saber cuán lejos de la entrada está. Sin prisas espero, no pretendo renegar del sol que da directo sobre mi cuello, así que dejo caer mis cabellos sobre la espalda, como defensa del imponente calor que perturba mi mente. El escalón que divide la cocina de su sala parece interminable para sus pasos lentos, sigue sin llegar a la puerta, y desde donde está me habla lo más fuerte que puede: -Entra, por favor. Voy despacio, mis rodillas están cansadas y casi no puedo caminar- termina por explicar.

Me acerco sigilosamente hacía donde proviene la voz, y me encuentro con una mujer que avanza a pasos cortos apoyada de un bastón. Sobre su pecho cuelga un crucifijo que a toda vista no puede pasar desapercibido. Detrás de sus lentes pañosos, se esconde un semblante cansado que cruza su mirada con la mía escudriñándome hasta los pensamientos, y temo que haya podido saber en qué estaba pensando. -Ojalá no- suspiro bajito intentando no desviar mi vista.

-Esa silla es para ti- me indica, y hace volver mis pensamientos a su lugar –

Se acomoda cuidadosamente y sin despegarme su mirada escudriñadora se lleva la mano a la cruz que reposa sobre su cuello y susurra algo que no puedo escuchar.

-Mis campanillas se han desgastado, estuve a nada de perder mi voz-

Le dirijo una mirada interrogante, (de esas que me salen bien, frunciendo el ceño) y antes que pudiera decirle algo, continua –Fue por tanto rezar-

Entiendo que se está justificando por hablar bajito, pero también comprendo que me está introduciendo a la historia que ella ha autonombrado: “La rezadora del pueblo”.

-Tenía quince años cuando comencé a rezar, yo no quería, mi mamá me obligó.

Entrecierra los ojos y continua –Recuerdo que el pueblo era muy pequeño, las casas eran de adobe y el techo lo hacían de zacate de cerro, incluso no podría llamarle casas, si no chozas. La distancia entre una y otra era hasta de medio kilómetro, para llegar a una choza era caminar entre el monte, surcábamos los pasos con la hierba hasta las rodillas y los caminos de terracería nos hacían tropezar en nuestro andar. La gente que habitaba era escasa, las familias las podía contar con los dedos, todos nos conocíamos entre sí.  Entre esa escasa población estaba mi madre, Victoria Lara, quien cernida por su ferviente fe se convirtió junto a mi madrina de bautizo, Fidencia, y María Herrera en las rezadoras, por su parte Luisa Lavariega, fungiría como la cantora, ella, Luisa se sabía los cantos en latín, -apunta con precisión.

Éramos pocos en el pueblo, pero la necesidad de interceder por los demás nunca cesó, a la casa llegaban a buscar a mi mamá. El rezo nunca tiene horario, mucho menos la enfermedad o muerte. Había momentos en que ella no podía ir, fue entonces, que pensó en mí. Un día, de buenas a primeras, mi madre me dijo: “Mija, aprende a rezar, porque tú te vas a quedar en nuestro lugar, no habrá quien les rece a nuestros muertos.” Insisto, yo no quería, me rehusaba a aprenderme los rezos, cuando me increpaba, siempre obtenía renuencia de mi parte.

El tiempo transcurrió, y yo ya rondaba los 18 años; una mañana llegó al pueblo un grupo de misioneros, provenientes de no sé dónde, se aliaron con el cura de la iglesia para evangelizar. A los niños y jóvenes nos reunieron en un campamento y en una semana me hicieron aprender el rosario. A partir de esa fecha –según tengo memoria- comencé a rezar.

 Mis primeros rezos fueron los novenarios a imágenes, durante nueve días consecutivos ofrecíamos devoción a una imagen. Poco a poco mi madre me fue inculcando su labor. Con el tiempo y ya más entrada en años, la acompañaba a ver a algún enfermo, rezábamos juntas, después, lo hice sola por primera vez, hasta que me dejó en un velorio rezándole al difunto.

Y como todo en esta vida tiene un final, los días de mi madre cesaron y las demás también partieron. No había nadie más que rezara, nadie más había aprendido. Así fue como me quedé como la única rezadora del pueblo. Cuando recuerdo cómo llegué a este punto, vienen a mi memoria lo que un día me dijo mi madre: “Aprende a rezar, porque si no, no habrá quien rece en mi lecho de muerte”, y sí tuvo razón. No hubo quién lo hiciera. Ahora que lo pienso, eso pudo ser lo que se sembró en mí y que me hizo dejar de renegar.

Mi madre yacía sobre su lecho, me acerqué, postré mis rodillas frente a su cuerpo frío, apreté lo ojos, ceñí mi garganta y le recé.  Porque si algo me enseñó ella, es que una rezadora nunca debe llorar. Aunque el alma se haga en dos, no debes hacerlo. ¡¿Y cómo no hacerlo?¡ …si era mi madre. Te diré, mi Dios Padre me dio la fuerza para no llorarle.

Una mujer llamada Virginia Atecas Avelino conmovida por mi dolor, y la palidez de mi rostro al ahogar mis sentimientos, se acercó y me dijo: – Hija, yo te ayudo –. Los novenarios los hizo ella, y mi pesar cesó un poco.

Al no estar mi madre, a media noche o a la hora que fuera, venían a casa a buscarme, y no podía negarme, alguien tenía que interceder por ellos y si Dios me había dado esa encomienda, tenía que hacerla. Nunca cobré, lo hice por devoción. Creo que ahora cobran y por eso hay muchas rezadoras, ya queda en ellas, por mi parte estoy tranquila al saber que lo hice por amor a mi Dios. –Increpa

Le pido que hagamos una pausa, su voz se escucha más cansada y su toser se ha intensificado. -Descansar un poco la garganta nos permitirá continuar- pienso. Fue un intento frustrado porque a pesar de cesar mis preguntas ella seguía narrando. Enciendo mi grabadora y sin despegar el lápiz de mi libreta le sigo el curso a su historia.

-La iglesia comenzó como una choza de adobe, tenía la entrada por el lado contrario, seguido de un aposento, donde el padre rezaba.

Todas las noches a las ocho, alumbrados por candiles, el pueblo caminaba hacia la iglesia. Era un peregrinar de pies descalzos y lámparas encendidas, movidos solos por la fe. No teníamos cura, cada mes nos visitaban de Pochutla, y se anunciaba el día para que bajaran los que tenían pendiente casarse o bautizarse. Mucho tiempo estuvimos así, sin tener un padre estable, cambiaban constantemente y sólo venían de visita.

El primer grupo misionero estuvo conformado por: Antonio Cisneros, Juan Bracamontes, Justino Mendoza y otros dos que no recuerdo sus nombres. Se encargaron de evangelizar las comunidades, enseñar la fe y la palabra de Dios. Se coordinaron con el sacerdote que estaba en ese tiempo. Estuvieron casi cuatro años, después se marcharon. No supimos más de ellos.

El no tener un sacerdote estable, representaba que no se dieran pláticas para preparar a los novios que se iban a casar o a los papás que bautizaban a sus hijos. Algunas personas creen que es pérdida de tiempo, pero no, esa es la única forma en que queda cimentada la palabra de Dios en los corazones. La fe se ha ido debilitando, antes los padres nos inculcaban la religión católica y continuábamos sus enseñanzas, ahora es complicado, los hijos después de la secundaria prefieren seguir su rumbo y se olvidan de nuestra fe.

Yo no quería ser rezadora, ya lo dije antes, pero mi madre me envió a Oaxaca a vivir con otra familia y la pasé muy mal. Esa situación me acercó a Dios y se convirtió en mi único refugio. Después de que mi madre falleciera no volví a renegar. Estuve más de 40 años rezando a todas horas, asistí a casi todos los velorios, incluso, le recé a Aurelio Salinas.

Tenía 27 años cuando la noticia se esparció en el pueblo, habían matado a nuestro héroe. Él defendió Huatulco con su vida, se entregó con honor. Todos los que habitábamos este lugar estuvimos de luto y con un gran dolor en el corazón. Se había ido nuestro defensor, a mí, me queda el honor de haberle guiado en los rezos.

La Parroquia.

-Ya te había dicho que nuestra primera iglesia fue una choza, ¿verdad? –

-Así es.

-Con todo y eso no faltábamos todos los días a los rezos. Pedíamos hasta que nos cansábamos y volvíamos a casa.

Fue hasta el año de 1972 cuando se reconoció como parroquia. Te voy a contar la historia…

(Continuará)

De mañana, de tarde o de noche, a la hora que fuera, cuantas veces lo necesitaran, yo rezaba. Esa era mi encomienda, y no había nadie más que lo hiciera. Fui la única rezadora por mucho tiempo en el pueblo.

De poco en poco comencé a tener dificultades para hablar, primero la garganta se me irritaba, después tosía con demasiada frecuencia, hasta que las palabras en un tono alto eran casi imposibles de pronunciar.  El doctor me dio un ultimátum: Dejar de rezar o no podría hablar más.

Con todo el peso de mi alma y encomendándome a Dios, tuve que dejar de hacerlo. Al principio fue difícil, pero después entendí que mi misión se había cumplido. Sigo elevando mis rezos al cielo, pero ya no acudo a rezar por otros, solo asisto a mis novenas y a todas las misas. El padre nos pide que estemos preparados para cuando partamos de esta tierra, sobre todo yo, -hace hincapié- no tengo quién rece por mí en mi lecho de muerte.

Texto: Erika Greco.